La sombría llanura de la poesía

Frank C. Nelick

No hace mucho, discutía un cuento de Ambrose Bierce con un grupo de alumnos de primer año. Arruinado por la condescendencia amarga y la algo más que obvia instrumentalización del autor, La Ventana Tapiada tiene poco de recomendable; pero con frecuencia provoca algunas dudas en las mentes de los estudiantes. Alentado por su interés, supongo, me encontré describiendo el cuento como un ejemplo de la transmutación estadounidense del romance gótico, completo, con castillo y oscuro villano. En medio de una oración llena de autoridad, me di cuenta que era culpable del error cardinal de enseñar mal: estaba dando respuestas prosaicas a las preguntas humanas que mis estudiantes ni siquiera habían comenzado a formularse. Es más, al menos en esta instancia, yo había hecho imposible que ellos pudiesen entender la literatura como arte, al despreciar su significado y sustituirlo por un análisis casi histórico de sus antecedentes.
De hecho, los estudiantes estaban felices; todos los estudiantes lo están cuando se les proporcionan datos, cualquier dato, que puedan luego recitar por su cuenta, o en combinación, en los exámenes. Desafortunadamente, es con frecuencia la clase que se concentra en los datos, sin importar lo extensos que éstos sean, la de los estudiantes que sienten “que saben casi todo lo que hay que saber”. Los estudiantes brillantes se dan cuenta rápidamente que cuando un profesor comienza una lección con una afirmación del tipo: “Rey Lear ha sido considerada con frecuencia como la más grande de las tragedias de Shakespeare, pero sin un conocimiento del teatro isabelino su éxito queda en la oscuridad”, se les está dando la respuesta a una pregunta de examen del tipo: “¿Por qué es necesario tener algún conocimiento del teatro isabelino para comprender Rey Lear de Shakespeare?” Los estudiantes inteligentes sufren este abuso más que los otros porque no sólo responden bien sino que son singularmente adeptos a estos juegos de memorización. Sin embargo, ellos son capaces de un tipo de educación mucho más exigente y excitante.
Aunque sea cierto que La Ventana Tapiada de Bierce es un cuento gótico y que así está probablemente documentada con cuidado como tal, y aunque sea cierto que algún conocimiento del teatro isabelino es necesario para comprender partes de Shakespeare, todas las discusiones acerca de la literatura del mérito deben tarde o temprano dejar de lado las preocupaciones meramente técnicas y volverse a lo humano. Porque la poesía —el término comprensivo— es un arte y, como tal, tiene un fin acorde a él.
Al evadir mi propia responsabilidad estaba al mismo tiempo en la mejor compañía moderna y era su impecable descendiente histórico legítimo. Responder preguntas humanas —o tal vez con mayor precisión, no considerarlas— en términos prosaicos es la tendencia de la crítica moderna y una herencia de la innovación más audaz del Renacimiento. Es un error pensar que los humanistas eran sólo redescubridores. Su descubrimiento más importante, o tal vez su invento, fue el cumplimiento del sueño del escriba medieval, facilitado mediante los tipos móviles de la imprenta: el conocimiento podía ser ahora reducido a palabras y mandado a imprimir.
La antigua noción de conocimiento que existía antes, como el de un gran diálogo de mentes articuladas, se perdió mayormente en medio del entusiasmo incansable y adquisitivo; la “enseñanza” fue reemplazada por la “erudición”; y las bibliotecas pasaron a ser consideradas, igual que ahora, como repositorios de sabiduría. De todos los modos, este descubrimiento alentó la concentración en las relaciones entre las palabras en vez de la relación entre las cosas, y desde el Renacimiento hasta el tiempo presente la mayor parte del estudio literario se preocupó más con las propiedades del estilo y el bello manejo de la narrativa que con la identificación de las realidades que la gran poesía expone. La reverencia tradicional del texto como vehículo de la verdad ha sido reemplazada por la adoración idolátrica de la cohesión estructural compleja. Uno casi no puede preguntar, excepto en la seguridad de su familia o entre amigos que también “piensan así”, la simple pregunta que nos transmite un poema: “¿Qué significa?” De hecho, un eminente poeta estadounidense ha ido tan lejos como para decir que un poema debería ser palpable y mudo, algo, imagina, como una fruta redonda. Un poema no debe significar, dice, sino ser. Esto es algo de lo más peculiar para un poeta porque él debería saber mejor que otros que la poesía, como todo el arte, es la imitación de un proceso, y que en su detención no existe sintaxis significativa sino una mera forma infligida.
En muchos cuarteles parece existir una confusión casi total sobre los medios y los fines; o, si [Archibald] MacLeish se saliese con la suya, un rechazo de los fines. Esto es probablemente porque es bastante fácil adquirir un conocimiento gratificante e impresionante de medios, pero la comprensión de los fines es muy difícil de obtener. Algunas veces la confusión es desopilante. En un libro de texto introductorio comúnmente usado y altamente respetado, el autor-editor sugiere que un poemita inocuo de Tennyson intitulado “El Águila” es la mismísima águila. Nunca puedo leer el comentario sin recordar a mi abuelo que, uno podría decir, era muy inculto. Pero nunca hubiese cometido el error del académico, ya que como niño había atrapado águilas, y conocía, estoy seguro, las diferencias entre un poema y un ave.
Los resultados de esta confusión son con frecuencia menos cómicos porque, sin embargo, están dañando seriamente tanto la intención del mismo texto como el intelecto de quien lo estudia. Un erudito arguye que “es la literatura como un orden de palabras lo que forma el contexto primario de cualquier obra de arte literaria”. Yendo aún más lejos, ofrece la opinión de que “la erudición, o el conocimiento de la literatura, tiene tanta prioridad sobre los juicios de valor como sobre el poder de veto sobre ellos”. Aquí uno puede reconocer todas las implicancias de la confusión entre palabras, o herramientas de la literatura, y la cosa que está representada por esas herramientas. En primer lugar, las nociones que este crítico expresa conducen al intelectualismo burgués, desafortunadamente muy apreciado en un segmento creciente del círculo académico que valora los logros dialécticos o retóricos en cualquier materia. Hábitos tales llevan a una tímida e interminable comparación conversada de opiniones en la cual cada punto de vista es considerado igualmente importante, o —lo que es lo mismo— igualmente trivial.
Este dominio de la especialidad y el método, o la “erudición” como se lo llama, arranca de la poesía todo reconocimiento de su propósito o su dirección como arte. Nadie podría nunca contestar la pregunta “¿para qué sirve la poesía?” en términos de contexto lingüístico, y lejos de ser una pregunta tonta, es una que siempre debería ser respondida. Tradicionalmente la causa final de la literatura se consideró que era instruir a la persona mediante el deleite. La poesía busca deleitar mediante el reconocimiento de parte del lector u oyente de las similitudes entre las cosas que el poeta ha visto en primer lugar y “puesto” en su poema; virtualmente todo crítico que se ha preocupado del propósito de la poesía ha concluido que el sentido “se deleita en cosas armónicamente proporcionadas, como en las cosas similares a sí mismas”. Y en cuanto la poesía representa, pinta o imita la naturaleza, trata con la realidad y al hacerlo, instruye. Por estas razones uno puede aprender al leer Macbeth algo de lo que es horripilante y corrosivo acerca de la ambición, o, del reconocimiento de Desdémona [de Otelo], una aguda comprensión de la muchacha de al lado.
Finalmente, la concentración en los medios, herramientas o instrumentos de la poesía en vez de la virtud o la verdad que logra representar como arte, hace de la educación —algo diferente a la capacitación— algo imposible. Educar significa satisfacer, completar, prolongar, no rellenar; y dirigirse al asentimiento de la verdad por parte del ser total intelectual, físico, moral y espiritual, no sólo memorizar o adquirir y dominar técnicas. Comprender esto es especialmente importante en la educación universitaria de grado, pues ninguna Universidad será nunca grande sino en virtud de la educación que ofrece a sus estudiantes de grado, aunque por necesidad reciba menos énfasis que el estudiar para los grados superiores. Estos certifican principalmente, sobre la base de la reputación de la Universidad, la preparación técnica y la capacitación de un postgraduado. Pero, incluso en la educación avanzada, dar importancia principalmente al entrenamiento en las formas, en las palabras y en las construcciones literarias más que en la instrucción deleitable de la poesía, es revertir la tendencia natural de la mente. Con frecuencia olvidamos, porque, como resaltó Frost, las palabras de hecho distraen, de manera amable, oscura y profunda, que existen millas por recorrer antes de caer dormidos; e incluso un hombre tan austero como John Milton toleró la posibilidad de practicar con la flor amarilis en la sombra.
En todos lados existen indicaciones de que la decadencia de la disciplina empeora. Los decanos, los clérigos, los burócratas federales y las luces menores de los hambrientos comités temen que, luego de un “escrutinio agónico”, las Humanidades verán tiempos duros en los años por venir. Los estudios humanísticos sí están totalmente desordenados; en los últimos veinte años aproximadamente, los fieles perros pastores se han convertido en feos dormilones descuidados que, tanto en el terreno intelectual como en el químico, no sólo dejan de vigilar su herencia sino que incluso ayudan a abandonarla. Por varias razones —el bum de nacimientos, el Spútnik y la carrera espacial, el ir a la Universidad como forma de evitar Vietnam— el cuerpo de profesores se ha convertido en una bandada chic e incompetente de progresistas a la moda, que no sólo aterrizan con sus revistitas sino que también establecen una cabeza de playa muy firme; y no existen bolsones de resistencia perceptibles. La integralidad de la profesión está perdida, ya que la mismísima noción de integración como fuerza que yace fuera de la profesión se ha evaporado en alguna de las modernas disyunciones del bien y la belleza, el cuerpo y el alma, los medios y el fin. No hay nada nuevo en la enfermedad: [Carlos] Lineo nos da evidencias de ello cuando dijo que cuando los nombres se pierden, las mismas cosas se pierden. El supuesto de nuestro escolar de que un poema es un cosmos lingüístico es pálido y flácido en comparación con la pasión de la Ilustración por las clasificaciones. En nuestro tiempo, palabras como Universidad, doctor, filosofía y profesor son virtualmente insignificantes, describen lo que alguna vez debe haber sido pero que ahora está perdido en la vaguedad de infernales y tontos vientos de cambio. Sólo el cambio parece tener valor, y el calificativo de experto y erudito sólo es apropiado para quien conoce las novedades que se suceden sin fin. Las cosas que son evidentes por sí mismas, simples, planas, recibidas, ortodoxas y ordinarias ya no tienen lugar en el estudio. Todos los estudiantes avanzan y todos los cuerpos de profesores se distinguen.
Las “Humanidades” fueron alguna vez los remaches de la educación. Se ocupaban del cuerpo de reconocida excelencia acerca de lo cual había una opinión ortodoxa. En la literatura inglesa los exámenes superiores eran acerca del 1066 [año de la conquista normanda de Inglaterra] y de todo eso, desde el Beowulf hasta Virginia Woolf. Existía, de forma bastante simple, un cuerpo de literatura con el que todos debían estar familiarizados en gran detalle. Lo otro, lo arcano, lo exótico y lo peculiar eran para el gusto privado. El producto de eso era una persona que, sobre todo, amaba la literatura y que se sometía a la placentera restricción de una historia que era secuencial y no implicaba progreso. El estudio tenía un centro; existía un muy firme supuesto de lo que cualquier joven Doctor en Filosofía y Letras debía conocer y transmitir en su enseñanza. Los cuerpos académicos se formaban y renovaban sobre la base de estos supuestos. Pero el centro no se mantuvo; se hizo pedazos, y toda coherencia se ha perdido.
Tal vez lo que comenzó todo y causó su aceleración en tiempos recientes es la pérdida de las prioridades, la imposibilidad de lidiar primero con lo primero. Tomando como modelo el espectacular éxito en los descubrimientos de las ciencias duras, estamos ávidos de hacer estudios “avanzados”, considerando que esto, de alguna manera, es la mejor forma de preservar lo mejor. Ciertamente si hubiésemos conocido mejor a Aristóteles, recordaríamos porqué llamó a algunas cosas Física y a otras, Metafísica. La poesía no es una cosa avanzada; es, del mismo modo que el latín, una primera cosa. Es una cosa de niños; tal vez las Universidades puedan ofrecerla sólo como una disciplina de expertos asumiendo que los estudiantes aprendieron a amarla en algún momento de una niñez inusual. Sin embargo, existe una estación para todas las cosas, y probablemente a los veinte ya es muy tarde para memorizar poesía —y no existe razón alguna recordarla— o incluso para dominar una declinación. Si esto es catastrofismo, el mismo es compartido por los más brillantes intelectos que conozco. Las credenciales de quienes piensan de esta forma son impecables; son sin excepción los más exitosos maestros, y hombres profundamente serios que desprecian la opinión aleatoria y caprichosa.
¿Qué debe hacerse? Mortimer Adler consideraba que la situación era en realidad desesperante; coincido. ¿Cuál es la promesa que hace alguien que genuinamente intenta enseñar poesía? No sirve a los estudiantes ni a sí mismo; ni a los rectores ni a los decanos; ni a los cancilleres ni a los consejos de administración; y ciertamente no sirve a la misma poesía, porque la poesía en sí misma es acerca de esa otra cosa. La poesía es un llegar a ser del reconocimiento, un proceso de ver por primera vez. La Srta. [Edna] Millay diría que “sólo Euclides consideró la mera belleza”. La mayoría de nosotros somos incapaces o no estamos preparados para el choque euclidiano, pero nos regocijamos con Frost de que, al menos, una vez hemos visto algo más allá de nuestra propia imagen divina en el espejo de lo real. Frecuentemente, ella trata de un destello de algo tan remoto o vagamente posible como la fe, la esperanza o el amor. Y uno está desprotegido cuando se confronta con este indicio de la misma cosa; como Merlín una vez recomendó a Arturo, y la etimología puede ser demasiado cándida para todo menos para lo más difícil, sólo “admira”. Esta disposición es del mismo modo imperativa para el maestro, el estudiante y la cultura.
El foco de la poesía es tan amplio como la comprensión de la humanidad que uno ve, por ejemplo, en los peregrinos de Chaucer: santos y pecadores, tontos y sabios, destructores y cuidadores, caballeros y siervos, reinas y acompañantes, no importa lo aparentemente dispares, unidos todos juntos en una aventura hacia un mismo destino. La poesía es una invitación amorosa y excitante y no puede tratarse de otra forma. [E.E.] Cummings la llamó una promesa de milagros, decoloraciones en todos lados aniñándose, hermosas respuestas que hacen la pregunta más bella. Se nos llama a ir allí, tal vez junto a Frost bajar a limpiar la elasticidad de las pasturas; no iremos muy lejos y no podemos rehusarnos realmente porque tal vez oiremos su larga guadaña silbando hacia el suelo o la muchacha de las tierras altas cantando. Se nos pide que seamos dóciles y estemos prontos a reconocer al Chevalier de [Gerard Manley] Hopkins y al caballero de Chaucer, a progresar con el trágico Eneas o el peregrino triste de [John] Bunyan, a escuchar al corajudo espíritu alegre de [Percy] Shelley o el contumaz zorzal sentimental de [Thomas] Hardy; se nos ordena conmovernos y regocijarnos con Lícidas y Adonis pues no están muertos. La poesía es esa forma de darse cuenta, al menos por aprehensión, lo que el Ulises de Tennyson buscó más allá de los límites del pensamiento humano, o lo que Keats encontró a través de la ventana mágica abierta; lo que el pobre y senil Lear vio en el mendigo desnudo, o incluso lo que Swift reconoció en una mujer cuereada en vida.
Es tan posible perder la poesía y el orden poético del conocimiento, como lo es perder, digamos, la cultura o la religión; ciertamente, de cualquier forma que lo veamos, es más tarde de lo que pensamos. Parafraseando a Nietzsche: La poesía está muerta, y los especialistas incultos la han matado al haberla hecho extraordinaria, inusual y, a su imagen, excéntrica.
chm25

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