Educación por las musas

Dennis Quinn
 
“Antes adoraba a una estrella centelleante.”
Shakespeare (Los dos caballeros de Verona, escena VI)
El Programa de Humanidades Integradas de la Universidad de Kansas (IHP) es sujeto de una rica mitología. El más grandioso de los mitos identifica el Programa con una conspiración internacional. Más pintoresco es el cuento que alguna vez circuló y que yo llegué a creer. Parece que el programa original fue comenzado por tres perfectamente respetables profesores llamados Nelick, Senior y Quinn. Sin embargo, más adelante, debido a alguna ingeniosa estratagema, estos tres fueron reemplazados por tres hombres completamente distintos —completos villanos— pero que aún respondían por los mismos nombres.
De hecho, los profesores del Programa con frecuencia tenían la extraña sensación de que eran víctimas de una identidad equivocada — como Cinna, el poeta del  Julio César de Shakespeare. Cinna estaba de camino al funeral de su amigo César cuando es acosado en la calle por la turba romana. Cinna se identifica a sí mismo, pero la multitud piensa que él es el Cinna que fue uno de los asesinos de César. Cuando lo atacan, Cinna grita: “¡Soy Cinna el poeta! ¡Soy Cinna el poeta! ¡No soy Cinna el conspirador!”
Pero, no pretendo aquí meterme con la mitología del IHP, sino tan sólo con el misterio del IHP. Porque, a pesar de la copiosa publicidad, sigue siendo inescrutable. Durante sus siete años de vida, el IHP fue evaluado, estudiado, analizado, observado, examinado, discutido, debatido, criticado, denunciado, desafiado, demonizado, satirizado, condenado y maldecido; fue explicado, defendido, comentado, reivindicado, tenido en lástima, alabado, celebrado, honrado, apelado, adulado y bendecido. Y aún así, el IHP es extrañamente desconocido; es tan secreto como el sol: obvio pero obscuro.
De las muchas razones por las cuales el IHP sigue siendo misterioso, trataré sólo una: que fue enseñado, literalmente, de modo poético. Pero antes de comenzar la exposición de este misterio, me referiré brevemente al rol del IHP en la actual crisis de las Humanidades.
Todos reconocen que en la educación superior las Artes Liberales, en general, y las Humanidades, en particular, están sufriendo una seria declinación. El vocacionalismo está llevando cada vez más a los estudiantes hacia las escuelas profesionales o los programas de entrenamiento donde una habilidad comercializable puede aprenderse rápidamente. En esta competencia, las Humanidades están condenadas a terminar en tercer lugar detrás de las Ciencias Sociales y las así llamadas “Ciencias Duras”. Sin duda, las causas de esta declinación son numerosas y complejas. Deseo proponer una causa que ha sido subestimada, una que yace dentro de la misma Universidad.
Las Humanidades han perdido su interés debido a que han descartado lo que constituye su atractivo distintivo. Me refiero al amor de la Sabiduría por ella misma. Para ponerlo de forma más enfática, las Humanidades han vendido su herencia por un lío de metodologías. Las Humanidades han sido convertidas en profesiones y ciencias hasta el punto donde el estudiante ordinario con una primer amor hacia la poesía, la historia, el arte o la filosofía encuentra su afecto recompensado con notas al pie, proyectos de investigación, bibliografías y jerga académica —toda la parafernalia ponzoñosa que mata para disecar—.
Lo que estoy afirmando es que los estudiantes y profesores de Humanidades han dejado completamente de amar las cosas que estudian porque la ciencia es desapasionada, lo mismo que la actitud “profesional” del investigador moderno. Uno de los momentos más memorables de mi carrera universitaria ocurrió el día en el que un distinguido especialista en Milton lloró en clase tras citar de memoria a Virgilio. Un hombre duro, engominado, severo e inteligente, nunca antes o después volvió a verse traicionado por sus emociones ante un poema; admiré a este hombre y aún lo hago, pero cuando lo vi lagrimear por Virgilio, me di cuenta qué tan lejos la educación académica puede llevarnos de nuestro motivo original para estudiar.
No pretendo aquí atacar la ciencia, la academia o la investigación científica básica, pero sí deseo desafiar la idea de que la Universidad es en primer lugar un instituto de investigación. La devoción hacia las Artes Liberales —la Sabiduría por ella misma— está en el corazón de la Universidad y, de hecho, es el verdadero motivo de la investigación básica. Es el transmitir esa devoción a los estudiantes lo que revitalizará la Universidad, no más presupuesto estatal.
Ahora bien, según los estándares de medición usuales y obvios, el IHP fue un emprendimiento exitosísimo. Atrajo un significativo número de estudiantes que han demostrado logros de alta calidad y que continúan apoyando el Programa. ¿Por qué es que este programa de Humanidades florece mientras que el interés general por las Artes Liberales se marchita? Mi respuesta es que el IHP presentó las Humanidades como Humanidades. Es la clase de educación que yo llamo educación por las musas, y en la mayor parte de mi discurso intentaré no sólo describir sino poner en práctica lo que nosotros enseñamos en el IHP. En Las Leyes, el vocero de Platón dice: “¿Debemos entonces comenzar con el reconocimiento de que la educación es recibida primero a través de Apolo y las musas?” Las musas son las deidades de la poesía, la música, la danza, la historia y la astronomía. Ellas introducen al joven en la realidad del asombro. Es una educación total que incluye el corazón —la memoria, las pasiones y la imaginación— lo mismo que el cuerpo y la inteligencia. En primer lugar, las canciones de cuna y los cuentos de hadas presentan al niño con el fenómeno de la naturaleza. “Brilla, brilla, linda estrella” es una introducción Musical (con “M” mayúscula) a la astronomía que incluye algunas de las observaciones primarias de los fenómenos astrales y moviliza la emoción humana apropiada al caso: el asombro. Ahora bien, es precisamente esta emoción la que provee la energía motivadora para la educación. La “motivación” se ha convertido en la bête noire de los educadores modernos. ¿Cómo puede motivarse al joven para aprender? ¿Mediante recompensas y promesas de recompensas? Pero, mediante inducciones de este tipo, los jóvenes atravesarán las mociones de la educación, pero seguirán inmóviles. ¿Entonces qué? Exponiéndolos a las musas, donde ningún fenómeno se ve sino bajo la apariencia de lo asombroso. Díganme si no: el asombro no es una sentimentalidad azucarada sino, por el contrario, una poderosa pasión, una especie de temor, una fea confrontación con el misterio de las cosas. A través de las musas el abismo temeroso de la realidad convoca por primera vez a ese otro abismo que es el corazón humano; y el asombro de su respuesta es, como han dicho los filósofos, el comienzo de la filosofía —no sólo el primer paso—; sino el arche, el principio, del mismo modo en que el uno es el comienzo de la aritmética y el temor de Dios es el comienzo de la Sabiduría. De esa forma, el asombro tanto da inicio a la educación como la sostiene en el tiempo.
Apolo y las musas educan a los novatos, los amateurs, aquéllos que llamamos en la Universidad “alumnos de primer año”. La definición de Ezra Pound, “la poesía es la noticia que sigue siendo noticia”, es inadecuada pero es verdadera como viene. Las musas representan la vida fresca, tal como si se la viese o experimentara por primera vez. En la filosofía, Sócrates es el gran comienzo, el gran novato, quien nunca perdió su status de amateur, aquél que insistió en que la Filosofía no es nada más que lo que la palabra significa literalmente, el amor de la Sabiduría. En este punto existe el peligro de malinterpretar. Lo que estoy llamando educación por las musas puede confundirse con la educación por las trampas —el tipo de frivolidad anti-intelectual de diversión y juegos que ha erosionado continuamente la habilidad de lectura, escritura y aritmética de los jóvenes—. Es inútil tratar de hacer interesantes los números dibujándoles caritas; y una cierta carga de tedio es inevitable en toda educación. Lo que estoy diciendo, sin embargo, es que a menos que un niño sea llevado a amar el aprendizaje en sí mismo, a través de Apolo y las musas, nada lo inducirá a comprender el duro trabajo necesario para poder aprender habilidades básicas. Pero vuelvo a mi exposición.
La educación por las musas es pre-científica; no se ocupa en la medición, el análisis o la inquisición de las causas. “¡Cómo me maravilla que seas!” no es una pregunta; está entre signos de admiración, o puntos de admiración como los llamó Shakespeare. Antes de estudiar la astronomía científica uno debe admirar y deleitarse con el esplendor de los cielos; antes de anatomizar al sapo, uno debe familiarizarse con él en el sapo celebrado y sorprendente de la canción.
Así como existe una tendencia en las costumbres modernas de dispensar las presentaciones —llamarse por el nombre de pila inmediatamente y comenzar a hacer preguntas personales de entrada—, del mismo modo en la educación moderna existe la tendencia a saltearse el “Brilla, brilla, linda estrella” para adentrarse en la Astrofísica. Esto lleva a la búsqueda desapasionada del conocimiento y a ese enorme distanciamiento de la realidad observable que muchos estudiantes encuentran repulsivo en sus profesores. Finalmente, este saltearse la introducción poética lleva al desprecio de la familiaridad y la aburrida reducción de todas las cosas a la prosa: “Después de todo, no es el amor sólo cuestión de glándulas ni las estrellas globos de gas en combustión” (dijo alguna vez D.H. Lawrence, para escándalo de los médicos, “Sea lo que sea el sol, no es una bola de gas en combustión”). El verdadero científico, sin embargo, conserva su respeto ante la naturaleza y nunca pierde su sentido del misterio de las cosas: nunca olvida su humanidad y nunca deja de escuchar a las musas.
La educación por las musas es participativa. Cantar una canción de amor no es lo mismo que estar enamorado, pero es participar de alguna forma en esa experiencia. Cuando un niño ve el brillo de una estrella lo sabe directamente; cuando canta la canción conoce el brillo indirectamente participando de él. La poesía y la música e incluso la astronomía en este nivel no son para ser estudiadas sino para ser vividas. Tal vez, más tarde, uno pueda aprender las causas físicas de este fenómeno que son las estrellas: este tipo de conocimiento no es participativo, sin embargo, es un tipo de conocimiento más elevado, intelectual y abstracto, pero no eclipsa esa original experiencia participada y que, de hecho, refleja algo que elude la ciencia más elevada. Existe algo de felicidad en un brillo, y todas las fórmulas de la ciencia no deberían y no necesitarían extinguir, ni pueden exceder, esta primera experiencia. Pero aquéllos a quienes los cielos causan felicidad, conservarán el brillo en sus ojos, una forma importantísima de iluminación. En este punto puede venir bien anticipar una cierta exasperación contra todo este énfasis en la canción de cuna. ¿No es frívolo este hablar del brillo? Una respuesta totalmente desarrollada tomaría demasiado tiempo, pero puede ayudar recordar que la melodía simple con la que cantamos “Brilla, brilla, linda estrella” (“Campanitas del lugar”), era una en la que el gran Mozart encontraba inspiración casi interminable.
Además de ser pre-científico, la educación musical es también pre-vocacional, ya que el juego intelectual precede al trabajo intelectual, y las artes liberales preceden a las artes prácticas. A pesar de que la condición humana consiste principalmente en trabajo, y el trabajo es de la mayor importancia para una vida satisfactoria y útil, la existencia humana no es para trabajar (como lo es en la filosofía marxista), sino más bien para la consideración y la contemplación —actividades ociosas y gratuitas—. El hombre es una criatura contemplativa, cuya conversación es en el cielo; trabaja duramente seis días con su cara hacia la tierra de modo que en el séptimo día pueda elevar su frente hacia Apolo. La educación por las musas hace posible el ocio genuino frente a la búsqueda vacía y frenética de la distracción y la diversión que caracteriza lo que llamamos, con terrible contradicción, la industria del entretenimiento. El trabajo, sin importar que tan rentable, satisfactorio, complejo o benéfico sea, es un medio, no un fin; y una vida de medios termina siendo un medio ella misma. Es el fin el que exalta el trabajo y le da significado, y es el reino del significado lo que Apolo gobierna.
Es un reino tan brillante como para nublar nuestra vista, ya que las musas son diosas del misterio. Algunos piensan que en realidad su nombre comienza con la misma raíz que la palabra misterio —y mudo y mito también comienzan con la misma raíz—. Mu: significa silencio, lo que no es o no puede ser dicho llana y directamente, o que ni siquiera puede ser dicho. Ante los misterios el hombre cae en silencio para poder escuchar la voz de las musas. La canción que cantan, los cuentos que cuentan, no explican; inician o re-presentan su objeto; lo hacen presente nuevamente, lo regresan a la mente pero envuelto ahora en misterio, envuelto de un silencio protegido y santo.
Las musas viven en lo alto y sobresalen en todas sus artes. La historia dirige nuestra atención a los grandes hechos de los hombres, nuestras mismas voces se elevan en un himno, nuestros pies danzan, nuestros corazones gozan. La educación por las musas es vertical —no es cada vez más de lo mismo, sino la acumulación o extensión del conocimiento hacia el horizonte—.
El mismísimo modelo de educador horizontal es Tomás Gradgrind, el prosaico maestro de Dickens [en Tiempos difíciles], “con la regla, la balanza y la tabla de multiplicar siempre en el bolsillo, dispuesto a pesar y a medir en todo momento cualquier partícula de la naturaleza humana para deciros con exactitud a cuánto equivale”. El alumno preciado de Gradgrind es Bitzer, el estudiante de honores inevitables, siempre listo para escupir la “respuesta” por partes. A la pregunta, ¿qué es un caballo? Bitzer da una respuesta horizontal perfecta: “‘Cuadrúpedo, herbívoro, cuarenta dientes; a saber: veinticuatro molares, cuatro colmillos, doce incisivos. Muda el pelo en primavera; en las regiones pantanosas, muda también los cascos. Tiene los cascos duros, pero es preciso calzarlos con herraduras. Se conoce su edad por ciertas señas en la boca.’ Esto —concluye Dickens— y mucho más dijo Bitzer.” Y lo mismo con los miserables hijos de Gradgrind.
Ninguno de los pequeños Gradgrind había aprendido alguna vez la cancioncilla tonta, “Brilla, brilla, linda estrella; ¡cómo me pregunto lo que eres!” Ninguno de los pequeños Gradgrind se había maravillado por un tema tal, cada uno de los pequeños Gradgrind había disecado a la Osa Mayor como el profesor [Richard] Owen, pero ninguno había manejado el Carro Mayor como una locomotora. Ninguno de los pequeños Gradgrind había nunca asociado una vaca en el campo con esa famosa vaca con el cuerno deforme que molestó al perro que preocupó al gato que mató la rata que comió la malta, ni siquiera con esa otra vaca aún más famosa que tragó a Pulgarcito; nunca habían escuchado sobre tales celebridades, y para ellos la vaca era sólo un cuadrúpedo con varios estómagos.
La criatura humana es anthropos, el animal erguido, parado sobre sus pies, capaz de volver sus ojos a los cielos verticales. Hay educadores que nos dicen que es humano mirar hacia fuera, hacia adentro o hacia abajo, pero las Humanidades al hablar a través de las musas nos dicen, con Robert Frost, que “elige algo como una estrella”. O, con Gerard Manley Hopkins, “¡Mira las estrellas! ¡Mira, levanta tu mirada hacia los cielos! / ¡Oh mira a la gente sentada alrededor de las fogatas en el aire!”
Allí arriba puede encontrarse un caballo bastante distinto a la pobre criatura desintegrada de Bitzer, el alado Pegaso puede ser observado suspendido sobre el Helicón, o uno puede llegar a escuchar a Dios hablando con Job desde la brisa [39,19-25]: “¿Das tú al caballo la bravura? ¿revistes su cuello de tremolante crin? ¿Le haces brincar como langosta? ¡Terror infunde su relincho altanero! Piafa de júbilo en el valle, con brío se lanza al encuentro de las armas. Se ríe del miedo y de nada se asusta, no retrocede ante la espada. Va resonando sobre él la aljaba, la llama de la lanza y el dardo. Hirviendo de impaciencia la tierra devora, no se contiene cuando suena la trompeta. A cada toque de trompeta dice: «¡Aah!» olfatea de lejos el combate, las voces de mando y los clamores.”
Tal vez, después de todo, sea verdad la mitología acerca del IHP. Tal vez sí somos conspiradores. Y nuestra conspiración se extiende más allá de lo internacional hacia la esfera celestial; conspiramos con las estrellas; conspiramos con esos espíritus que habitan en el aire, no sólo en sus libros sino en las verdades vivas que son más un destello de luz que una doctrina o un dogma. Uno podría tener compañía mucho peor. ¡Oh co-conspiradores de todas las edades! ¡Odiseo, el gran provisor! ¡Sócrates, compañero corruptor de la juventud! ¡César y Eneas, amantes latinos! ¡Moisés y San Pablo, derribados por Dios! ¡Rolando, el caballero! ¡Chaucer, débonnaire, y todos nuestros peregrinos compañeros! ¡El caballero de la triste figura! ¡Oh dulce príncipe! Que todos vosotros sigáis con nosotros.

Cuando Cinna gritó que él era un poeta, la turba contestó: “desgarradlo por sus malos versos”. Tal vez odiaban al poeta tanto como al conspirador, puesto que Plutarco el historiador nos cuenta que la turba desgarró a Cinna miembro a miembro, un destino extrañamente idéntico al de otro poeta mítico, Orfeo. ¡De esa forma de desintegración, que las musas preserven a todo educador poético!

[Conferencia ante la Universidad de Kansas el 13 de septiembre de 1977.]
Mr.+Quinn
 Dr. Dennis Quinn

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